Imagínese a cualquier adolescente. Piense en la importancia que un chico a esta edad le da a sus amigos, a sus “hermanos” de la calle. La idea de mentirles debía pesar en alguien como Yon o como Abrahán mucho.
Lo mismo hace Tomeu de Manacor. Tiene 18 años y ninguno de sus amigos conoce sus verdaderas inclinaciones sexuales. Me cuenta que es bisexual, pero yo noto que sigue enamorado de su ex, un chavalito argentino que conoció a través del chat.
Le voy dibujando a Yon la historia de Tomeu. Escucha atento, parece una terapia. No me pregunta pero sé qué dudas tiene en su cabeza.
- Tomeu ahora, más o menos, está tranquilo – le voy diciendo entre trago y trago –. Sus padres ya lo saben, sus amigos no. Pero ha conseguido conocer a gente del ambiente gay de Mallorca con la que se lo pasa bien. Cada fin de semana decide si salir con un grupo u otro.
- Eso también me pasó a mí durante un tiempo – me interrumpe Yon –. Yo empecé a conocer gente que realmente valía la pena por el chat. Chavales como yo. Alguno con más experiencia y que me ofrecía ayuda, consejos ¿sabes?
Empecé a salir con ellos por Chueca. Empezaba a quitarme una losa de encima. Con mis amigos de clase comencé a dejar de quedar, me fui aislando creo. No aislando, sino que un mundo nuevo se abría ante mis ojos y, con él, gente nueva.
- Y ahora… ¿Qué ha pasado con los amigos de la facultad?
- Realmente nunca fueron amigos – Esgrime la misma mueca en la cara que indica mi ingenuidad, de nuevo, al preguntar- solo eran coleguitas de clase que quedábamos para salir de fiesta. Y simplemente pasó que encontré a otra gente con la que además podía hablar el problema que más me inquietaba.
- ¿Pero dejaste de relacionarte con los compañeros de clase?
- No. Lo que ocurría es que dejé de salir siempre con ellos, aunque eso sí, también me corría buenas juergas estudiantiles. En una de esas…le confesé a uno que era gay, que había empezado a introducirme en ese mundo.
- ¡Vaya, saliendo del armario!
- Bueno… me acuerdo que al poco lo terminaron sabiendo a través de mí los tres o cuatro chavales con los que mejor me llevaba. Esos con los que cuando te emborrachabas te hablaban de sus problemas, esos con los que mendigas apuntes a otras compañeras… Al cabo de unos meses todos parecían evitarme.
Ese es el miedo que, precisamente, tienen chicos como Tomeu: temen perder aquello que aprecian. Temen que el ser diferentes en un aspecto como la sexualidad haga que sus amigos los dejen. Y para Tomeu este no fue el único problema que sorteó con tan solo 16 años.
- Yo me saltaba clases para poder verme con Pablo entre semana. Los fines de semana estábamos siempre juntos y terminábamos haciéndolo en cualquier sitio: su casa, un parque, unos lavabos…
- ¿Nunca en la tuya?
- No. Lo más gordo fue cuando mis padres lo descubrieron. Se enteraron por la factura del teléfono que me hablaba con un chico y en el colegio le dijeron que faltaba a demasiadas clases. Ataron cabos y… ¡¡fue terrible!!
- ¿Qué pasó con tus padres?
- Querían denunciar a Pablo. Él me lleva poco más de un año y por aquel entonces él era mayor de edad y yo no. Querían denunciarlo por violación. Me llevaron a médicos para ver si se me pasaba… ¡cómo si fuera una enfermedad! Se creían que Pablo me había contagiado la homosexualidad. Fue el peor verano de mi vida. Todo eran discusiones, malos ratos…me quería morir.
- ¿Y ahora?
- Ahora bien. Más o menos lo han asumido, sin querer. A casa viene algún amigo, aunque no hacemos nada. Y cuando quiero ligar con algún tío me voy con mis amigos gays. Otras veces salgo con los de siempre.
Así es la vida de Tomeu a sus 18 años. Eligiendo a su grupo de amigos por su condición sexual. Contando a sus amigos de clase que Pablo era una chica de 18 años con la que estaba saliendo.
- Si yo te contase a ti cosas de esas… ¡Mil! Tener que mentir sobre qué hiciste el sábado y por qué no saliste con los de tu facultad…eso es una constante – me comenta Yon –. Y cuando llego a Barakaldo es peor aún. Allí nadie sabe que me gustan los tíos. Cada vez que voy siento que estoy atrapado y que vivo en una mentira. Mi verdadero mundo se acaba convirtiendo en una mentira. Padre, madre, amigos…todos forman parte de ella.
La angustia que siente Yon es la misma que percibo con tantos y tantos chicos con los que he podido hablar. Con Emilio, de Alicante. Gitano y gay, como su padre. A pesar de eso, ambos guardan las apariencias y buscan mujeres.
Jonny, de tan solo 13 años. Lo conocí en el chat. De entrada creía que yo también era un adolescente gay. Estaba obsesionado con el sexo, con el cibersexo.
- ¿Vas a querer quedar conmigo? Te hago lo que me pidas.
Me confesó que suele estar solo porque sus padres trabajan y aprovecha para ponerle la cam a otros del chat y masturbarse. Algunas veces, incluso también se la ponen a él. Otras, ingenuamente, Jonny piensa que al otro lado está quien le dicen que es.
Le pregunto si tiene hermanos. Me responde que uno. Mayor que él de 18 años. No le cuenta nada porque asegura que le rompería la cara.
- Mi hermano odia a los que son como yo. Dice que los maricones no valen para nada.
Y podría hablar de tantos chicos en situaciones similares. Como Adrián de Sevilla. Sus amigos no saben nada. Él mantiene relaciones con chicas para no levantar sospechas, pero se muere por estar con uno de sus amigos. Andreu, de Gerona, a sus 17 años no va a clase. Tampoco trabaja. Está en casa ayudando a lo que su madre le manda. Me cuenta que pasa largo tiempo delante del ordenador, que su habitación es como un reducto de tranquilidad donde puede esconderse de todo y que el chat es la oportunidad de conocer a chicos interesantes. No puedo llamarle, rechaza mis llamadas.
- Por favor, llamadas no. ¿No ves que estoy en casa y pueden enterarse mis padres? Mensajes todos los que quieras, tengo contraseña en el móvil. – me escribe por sms.
Son todos chavales de no más de 20 años. Chicos que comienzan ahora a saber lo que es la sexualidad, a sentir la necesidad imperiosa de dar rienda suelta a sus instintos más básicos. Más estudiosos o menos, con más cultura o con menos, trabajadores u ociosos, extrovertidos o vergonzosos… son como todos los adolescentes que conocemos, como todos esos adolescentes normales. Sin embargo, hay algo que separa a estos chicos de la normalidad, y no es su tendencia sexual, es otra cosa: la sociedad. Ellos no pueden manifestar su elección por miedo al rechazo o lo que es peor, la decepción en aquellos que los quieren. Tapan sus necesidades, ocultan su verdadera naturaleza para no hacer daño a su entorno, como si ellos tuvieran la culpa de algo. Entran en un armario para no hacer ruido aquí fuera, en su mundo real. Ese mundo real que no les quiere. Es entonces cuando a través de una nueva realidad, creada a partir de un chat, comienza una nueva vida para ellos en la clandestinidad. Adolescentes gays como presos políticos en regímenes totalitarios. Su crimen: amar a personas de su mismo sexo. Su cárcel: el armario donde les encierra la sociedad; sociedad que luego, tan hipócritamente, les invita a salir de ese armario.
Escribiendo este reportaje voy comprendiendo lo que sentían esos chicos cuando me rogaban que les mantuviera en el anonimato. Me voy acercando a lo que debe padecer un chaval de su edad cuya vida empieza donde se cierra la puerta de su dormitorio y hay una pantalla de ordenador y acaba en el silencio de los tabúes de esta sociedad. Todo lo vivido en la realización de este reportaje va proyectándose sobre mi recuerdo. Llamo a Yon.
- Yon, ¿y después de todo esto que me contaste en esa taberna qué?
- Nada. Después no hay nada. Todo seguirá igual. Ya he perdido bastante. He ganado también nuevas amistades, nuevas experiencias…pero no quiero que mi vida pasada vaya desapareciendo poco a poco. Soy el mismo chaval que jugaba y me divertía por las calles de Barakaldo. No he cambiado en nada…pero, ¿Quién lo entiende?
