jueves, 22 de enero de 2009

CUANDO LA REALIDAD DA POR CULO







Yon fuma lentamente un cigarro en la mesa de una taberna madrileña rodeado de viriles hombres que toman allí alguna tapa antes de regresar a cenar a casa. Es el fumar de aquel que se siente inseguro. Entre su jarra de cerveza y la nube de nicotina que lo envuelve, Yon va contándome cómo su padre es la versión bilbaína de esos obreros que se agolpan en la barra del bar.
- Bua, si yo le dijera a mi padre que me molan los tios me echaba de casa. ¡Menudo es mi padre!




Yon tiene 20 años, estudia ingeniería en Madrid y es natural de Barakaldo.




- Allí, en el País Vasco, mejor decir que te gustan las mujeres. Que te las follarías a todas. Allí el royo machote les va mucho.




Me habla de sus comienzos en Madrid hace ya casi tres años. El dejar atrás su vida en Barakaldo, su familia, sus amigos, su novia. Sí, Yon tenía novia.




- Todo esto empezó al venirme aquí a Madrid. Conocí a un chico gay en mi residencia de estudiantes y, aunque yo tenía claro que mi orientación sexual era hetero, me llevaba muy bien con él. Salíamos entre semana de copas. Empezó a enseñarme Chueca…




Una calada larga al cigarrillo que se le consume entre las manos. Llama al tabernero. Un ron con cola, cuando pueda.




- Y no sé, me empecé a interesar. Fue algo, no sé, la curiosidad. Yo que sé.




Su mirada se pierde tras de mí. Mira su reflejo en los espejos de la pared. Echa el humo para borrar el reflejo de su vista. Continúa con su relato. Sus primeros contactos en el chat de Chueca. Sus primeras palabras con chavales gays de diecisiete, dieciocho años… el primer encuentro vía chat etc. Un nuevo mundo nacía para Yon. Empezaba a sentirse cómodo en ese mundo, en esa realidad paralela. Sólo existía un problema:




- Lo jodido era que mi mundo comenzaba en la pantalla del ordenador, mi verdadero mundo. El que yo quería. Pero la realidad era otra, la realidad es la de no poder decir que te sientes atraído por un tío.




Le comento a Yon algunas de las historias con las que me he ido topando en el transcurso del reportaje. La expresión de su cara agradece ese respiro que le otorgo, agradece dejar de volver al pasado. Siente una especie de alivio idiota al comprobar, a través de mi relato, que no sólo él lo pasó mal. Historias como la de Abrahán también de Madrid.




Abrahán con 16 años tiene muy claro que le gustan los chicos. En el chat de Terra busca sexo. Me agregó a su Messenger y quizá se llevó un disgusto al saber que yo no buscaba lo mismo. Aún así noté que se sentía a gusto pudiéndole contar a un rostro anónimo sus inquietudes adolescentes. Su padre es gitano, su madre paya. Está solo en casa. Necesita contactar con alguien y quedar con él para acostarse juntos. No es primerizo.




- Cuando puedo, cuando estoy solo me meto en el chat y quedo con algún tío que me mole. Solo quiero sexo. Me gusta hacer guarradas.

- ¿Saben tus amigos lo que haces? – le escribo por el Messenger –.


- No, todos mis amigos son gitanos. No les puedo contar que busco chicos. No sabes cómo es ese mundo, sería una vergüenza.




No sólo pasa entre gitanos. El 32% de los chicos adolescentes de la Comunidad de Madrid no ven mal tratar despectivamente a los homosexuales. En el caso de las chicas es un 15%.
Al oír mi relato, siento que Yon comprende muy bien lo que debe pensar Abrahán. Yon me mira atentamente, su mirada me pide que prosiga.
Abrahán se ha llevado cierta sorpresa en alguna de esas citas vía chat, sin embargo, se resiste a modificar esta forma de quedar.




- Oye ¿y por qué no sales un día por Chueca? ¿Por qué no pruebas a establecer una relación con otro chico homosexual cara a cara?

- No. En mi mundo no puedo hacer eso. Lo mejor es lo del chat, puedo follar con tíos sin que se entere nadie. Además yo solo busco sexo. Yo de quien realmente estoy enamorado es del hermano del novio de mi hermana.


- ¿Tu cuñado?¿Qué edad tiene?

- Algún año menos que yo.


- ¿También es gay?

- No. Pero siempre pienso como sería besarle.

Sentí pena. Abrahán se refugiaba en el sexo y el chat para dar salida a sus sentimientos. En la etapa de la vida donde más grande y poderosa es la fuerza del corazón, un chico de 16 años debía mendigar por una realidad paralela para no romper los cánones que le dictaba su verdadero mundo. Abrahán cambiaría todo lo que tiene por estar junto a ese chiquito. Pero ni tan siquiera luchaba por ello, como hace cualquier chico de su edad enamorado de otra chica, porque ese iba a ser el principio de una larga serie de problemas.
Yon bebe con decisión su copa. Yo decido acompañarle. Havana 7 con limonada. Empieza a relajarse.




- Así estuve yo. De chat en chat. De cita en cita a ciegas. Saliendo de mi habitación de madrugada, cuando todos dormían. Montando en autobuses nocturnos para ir al sitio acordado. Ahora lo pienso y me entran escalofríos. Llegué a pisar, de noche, los peores barrios de Madrid, siendo un crío de 18 años.

- ¿Siempre salían bien esos encuentros?




- ¡Qué va! En esos chats todo el mundo se esconde de algo. Todos tenemos algo de lo que queremos huir y en un chat podemos crear nuestro yo perfecto. Una noche quedé con dos chicos. Uno tenía mi edad. Empecé a hablar con él por el chat de Chueca. Queríamos sexo. No teníamos donde. Contactamos con un tercer chaval que decía estar solo en casa. Allí fuimos. ¡No nos conocíamos ninguno!

- ¿Y qué pasó? – pregunté intrigado.

- El tercer chaval en cuestión resultó ser un hombre que rebasaba los sesenta años.

- ¿Y qué hiciste?

- Yo me quedé allí viendo la televisión. Puso una porno. El otro chico comenzó a masturbarse con la porno. El viejo se conformó con verle. Y como estas historias, te podría contar mil. Solo Dios sabe las locuras que he hecho.

Me llevé el vaso a los labios. Los tenía secos. Ya llevaba algunas semanas moviéndome por el ambiente gay en Madrid y contactando con adolescentes homosexuales de toda España a través de la red o el teléfono. Mientras Yon hablaba, en mi cabeza se iban superponiendo imágenes, historias, luces, sonidos, comentarios, cifras…




Según estudios, casi la mitad de los jóvenes gays en España sufre violencia verbal o física en las escuelas o institutos. Y de ellos, uno de cada cuatro piensa en suicidarse.
Necesitaba otro trago. Yon continuaba hablando.




- Conocí a un chaval de Florida. Estudiaba en España. Quedé con él y todo fue perfecto. Empezamos a entablar una amistad. Empezamos a ser amigos; bueno, amigos con derecho a roce. Él no quería reconocer su atracción por los hombres. Había momentos de discusión. Estuvimos juntos desde enero hasta septiembre que tuvo que regresar a EEUU.

- ¿Pero erais novios o qué?




Una sonrisa se dibuja en su cara. Debo parecer un ingenuo a ojos de Yon.




- No. Era algo raro. La vida cuando no puedes decir abiertamente lo que sientes…es siempre rara. A Clark lo tenía que presentar como un amigo que conocí en un campus de verano en Londres y que ahora estaba aquí estudiando en España. Era terrible. Tenía que montar una historia completa sobre su vida. Y conforme lo iba presentando a gente con la que me relacionaba yo en la facultad o en la residencia, la mentira crecía y crecía.




Mueve los hielos de su cubata. En el vaso solo quedan los cubitos. Mira fijamente la rotación del cristal.




- Lo más duro de todo era engañar a gente que realmente apreciaba. Amigos de verdad, en los que sé que puedo confiar y que, por aquel entonces, temía perder. Para ellos Clark era una persona que realmente no existía. Solo yo conocía lo que ocurría: Clark y yo no éramos conocidos en un campus de verano precisamente.



Imagínese a cualquier adolescente. Piense en la importancia que un chico a esta edad le da a sus amigos, a sus “hermanos” de la calle. La idea de mentirles debía pesar en alguien como Yon o como Abrahán mucho.
Lo mismo hace Tomeu de Manacor. Tiene 18 años y ninguno de sus amigos conoce sus verdaderas inclinaciones sexuales. Me cuenta que es bisexual, pero yo noto que sigue enamorado de su ex, un chavalito argentino que conoció a través del chat.




- Yo no pensaba en gays ni nada. A mí me gustaban las chicas. Cuando tenía 16 años aún no había perdido la virginidad con ninguna, pero no me planteaba irme con un chico.
Una tarde, en un locutorio, me metí al chat de Terra. Me habló Pablo. Me dijo que le gustaban los chicos pero yo me divertía hablando con él. Hablábamos todas las tardes por Messenger. Yo me iba al locutorio. No es que me gustase, simplemente me entendía con él.
Al mes decidimos quedar para ir de compras y eso. Tras beber algo y pasar la tarde juntos, me preguntó si podía besarme. Le dije que sí. Ese beso fue el inicio de una relación de año y medio que terminó hace 4 meses.




Le voy dibujando a Yon la historia de Tomeu. Escucha atento, parece una terapia. No me pregunta pero sé qué dudas tiene en su cabeza.




- Tomeu ahora, más o menos, está tranquilo – le voy diciendo entre trago y trago –. Sus padres ya lo saben, sus amigos no. Pero ha conseguido conocer a gente del ambiente gay de Mallorca con la que se lo pasa bien. Cada fin de semana decide si salir con un grupo u otro.

- Eso también me pasó a mí durante un tiempo – me interrumpe Yon –. Yo empecé a conocer gente que realmente valía la pena por el chat. Chavales como yo. Alguno con más experiencia y que me ofrecía ayuda, consejos ¿sabes?
Empecé a salir con ellos por Chueca. Empezaba a quitarme una losa de encima. Con mis amigos de clase comencé a dejar de quedar, me fui aislando creo. No aislando, sino que un mundo nuevo se abría ante mis ojos y, con él, gente nueva.


- Y ahora… ¿Qué ha pasado con los amigos de la facultad?

- Realmente nunca fueron amigos – Esgrime la misma mueca en la cara que indica mi ingenuidad, de nuevo, al preguntar- solo eran coleguitas de clase que quedábamos para salir de fiesta. Y simplemente pasó que encontré a otra gente con la que además podía hablar el problema que más me inquietaba.

- ¿Pero dejaste de relacionarte con los compañeros de clase?

- No. Lo que ocurría es que dejé de salir siempre con ellos, aunque eso sí, también me corría buenas juergas estudiantiles. En una de esas…le confesé a uno que era gay, que había empezado a introducirme en ese mundo.

- ¡Vaya, saliendo del armario!

- Bueno… me acuerdo que al poco lo terminaron sabiendo a través de mí los tres o cuatro chavales con los que mejor me llevaba. Esos con los que cuando te emborrachabas te hablaban de sus problemas, esos con los que mendigas apuntes a otras compañeras… Al cabo de unos meses todos parecían evitarme.

Ese es el miedo que, precisamente, tienen chicos como Tomeu: temen perder aquello que aprecian. Temen que el ser diferentes en un aspecto como la sexualidad haga que sus amigos los dejen. Y para Tomeu este no fue el único problema que sorteó con tan solo 16 años.




- Yo me saltaba clases para poder verme con Pablo entre semana. Los fines de semana estábamos siempre juntos y terminábamos haciéndolo en cualquier sitio: su casa, un parque, unos lavabos…

- ¿Nunca en la tuya?


- No. Lo más gordo fue cuando mis padres lo descubrieron. Se enteraron por la factura del teléfono que me hablaba con un chico y en el colegio le dijeron que faltaba a demasiadas clases. Ataron cabos y… ¡¡fue terrible!!

- ¿Qué pasó con tus padres?

- Querían denunciar a Pablo. Él me lleva poco más de un año y por aquel entonces él era mayor de edad y yo no. Querían denunciarlo por violación. Me llevaron a médicos para ver si se me pasaba… ¡cómo si fuera una enfermedad! Se creían que Pablo me había contagiado la homosexualidad. Fue el peor verano de mi vida. Todo eran discusiones, malos ratos…me quería morir.

- ¿Y ahora?

- Ahora bien. Más o menos lo han asumido, sin querer. A casa viene algún amigo, aunque no hacemos nada. Y cuando quiero ligar con algún tío me voy con mis amigos gays. Otras veces salgo con los de siempre.

Así es la vida de Tomeu a sus 18 años. Eligiendo a su grupo de amigos por su condición sexual. Contando a sus amigos de clase que Pablo era una chica de 18 años con la que estaba saliendo.




- Si yo te contase a ti cosas de esas… ¡Mil! Tener que mentir sobre qué hiciste el sábado y por qué no saliste con los de tu facultad…eso es una constante – me comenta Yon –. Y cuando llego a Barakaldo es peor aún. Allí nadie sabe que me gustan los tíos. Cada vez que voy siento que estoy atrapado y que vivo en una mentira. Mi verdadero mundo se acaba convirtiendo en una mentira. Padre, madre, amigos…todos forman parte de ella.




La angustia que siente Yon es la misma que percibo con tantos y tantos chicos con los que he podido hablar. Con Emilio, de Alicante. Gitano y gay, como su padre. A pesar de eso, ambos guardan las apariencias y buscan mujeres.
Jonny, de tan solo 13 años. Lo conocí en el chat. De entrada creía que yo también era un adolescente gay. Estaba obsesionado con el sexo, con el cibersexo.




- ¿Vas a querer quedar conmigo? Te hago lo que me pidas.




Me confesó que suele estar solo porque sus padres trabajan y aprovecha para ponerle la cam a otros del chat y masturbarse. Algunas veces, incluso también se la ponen a él. Otras, ingenuamente, Jonny piensa que al otro lado está quien le dicen que es.
Le pregunto si tiene hermanos. Me responde que uno. Mayor que él de 18 años. No le cuenta nada porque asegura que le rompería la cara.




- Mi hermano odia a los que son como yo. Dice que los maricones no valen para nada.




Y podría hablar de tantos chicos en situaciones similares. Como Adrián de Sevilla. Sus amigos no saben nada. Él mantiene relaciones con chicas para no levantar sospechas, pero se muere por estar con uno de sus amigos. Andreu, de Gerona, a sus 17 años no va a clase. Tampoco trabaja. Está en casa ayudando a lo que su madre le manda. Me cuenta que pasa largo tiempo delante del ordenador, que su habitación es como un reducto de tranquilidad donde puede esconderse de todo y que el chat es la oportunidad de conocer a chicos interesantes. No puedo llamarle, rechaza mis llamadas.




- Por favor, llamadas no. ¿No ves que estoy en casa y pueden enterarse mis padres? Mensajes todos los que quieras, tengo contraseña en el móvil. – me escribe por sms.




Son todos chavales de no más de 20 años. Chicos que comienzan ahora a saber lo que es la sexualidad, a sentir la necesidad imperiosa de dar rienda suelta a sus instintos más básicos. Más estudiosos o menos, con más cultura o con menos, trabajadores u ociosos, extrovertidos o vergonzosos… son como todos los adolescentes que conocemos, como todos esos adolescentes normales. Sin embargo, hay algo que separa a estos chicos de la normalidad, y no es su tendencia sexual, es otra cosa: la sociedad. Ellos no pueden manifestar su elección por miedo al rechazo o lo que es peor, la decepción en aquellos que los quieren. Tapan sus necesidades, ocultan su verdadera naturaleza para no hacer daño a su entorno, como si ellos tuvieran la culpa de algo. Entran en un armario para no hacer ruido aquí fuera, en su mundo real. Ese mundo real que no les quiere. Es entonces cuando a través de una nueva realidad, creada a partir de un chat, comienza una nueva vida para ellos en la clandestinidad. Adolescentes gays como presos políticos en regímenes totalitarios. Su crimen: amar a personas de su mismo sexo. Su cárcel: el armario donde les encierra la sociedad; sociedad que luego, tan hipócritamente, les invita a salir de ese armario.




Escribiendo este reportaje voy comprendiendo lo que sentían esos chicos cuando me rogaban que les mantuviera en el anonimato. Me voy acercando a lo que debe padecer un chaval de su edad cuya vida empieza donde se cierra la puerta de su dormitorio y hay una pantalla de ordenador y acaba en el silencio de los tabúes de esta sociedad. Todo lo vivido en la realización de este reportaje va proyectándose sobre mi recuerdo. Llamo a Yon.




- Yon, ¿y después de todo esto que me contaste en esa taberna qué?

- Nada. Después no hay nada. Todo seguirá igual. Ya he perdido bastante. He ganado también nuevas amistades, nuevas experiencias…pero no quiero que mi vida pasada vaya desapareciendo poco a poco. Soy el mismo chaval que jugaba y me divertía por las calles de Barakaldo. No he cambiado en nada…pero, ¿Quién lo entiende?


DAVID REDONDO

No hay comentarios: