domingo, 28 de diciembre de 2008

Amistades y rigor (I)


Martes 23 de diciembre.


En el desarrollo de la actividad periodística, unas veces sin quererlo y otras buscándolo, vamos conociendo a personalidades famosas, populares para el gran público. En algunos casos, casposillos del tres al cuarto que únicamente buscan la repercusión mediática con ánimo de lucro. En otros pueden ser actores, deportistas, políticos que comienzan su andadura por estos lares del famoseo y a los que tampoco les viene mal una ayudita mediática. Eso sí, entre los casposillos y éstos, media un abismo: los segundos han llegado hasta ahí por méritos propios mientras que los otros acaparan flashes por perder su dignidad a favor de una relación con algún personaje famoso.
El tercer caso es el del gran personaje. Actores – y actrices –, periodistas, deportistas, políticos, escritores, pintores, toreros, cineastas, etc. que lo han sido y lo son todo en el mundo en el que se mueven. Leyendas vivas dentro de su profesión. Gente que desarrolla su actividad profesional más que desde el punto de vista del trabajo, desde una perspectiva mística: tienen un don, nacieron con una magia, que los convierte en genios. Imagínense el caso de Robert Refford, Berlanga, Miquel Barceló, Iñaki Gabilondo, Adolfo Suárez, Rafa Nadal o Iker Casillas…
No es el propósito de esta entrada establecer una diferencia en grupos entre aquellas personas conocidas por las masas. A eso ya me dedicaré más adelante. Lo que quiero es dejar algunas de mis ideas claras.
Bien – retomo la intención de esta actualización -, en nuestro periodistiquear diario es posible que terminemos conviviendo con alguno de estos tipos de famosos. Yo, desde mi inexperiencia o corta experiencia, puedo decir que a algunos ya conozco. Desde mi punto de vista, la vulgaridad es la nota predominante entre todos ellos. A veces te preguntas por qué arrastran masas. Sinceramente, he tenido dificultades para llevarme de mis coleteos por el glamour madrileño alguna experiencia medianamente intelectual.
Al principio todo te parece mágico. Todas esas personas conocidas, famosas. Hombres y mujeres que empapelan paredes de quiceañeros y quinceañeras. Después llegas a casa y quitas tus posters al conocer en la distancia corta al protagonista de ese poster.
Sin embargo, a veces te encuentras con increíbles excepciones. Y, normalmente, suele pasar que provienen de ese tercer grupo: los referentes, los que lo son todo. Aquellos que más te impresionan, los que pueden llegar a ser auténticos mitos vivientes…son los que más cercanos se muestran en ocasiones.
Te acercas con prudencia, respeto y admiración. Y resulta que son ellos los que se cargan toda la cortesía y te dicen algo así como: “pero hombre, si yo no soy nadie. Lo que pasa es que la gente me ha dado fama”. Aunque no vuelvas a cruzar más palabras en tu vida con esa persona, te llevas una lección vital tremenda.
Ocurre que, en algunas veces, termina existiendo una buena química. Que ese famoso, ese gran periodista o ese gran escritor, o ese genio del celuloide, descubre en ti las suficientes capacidades personales como para querer llamarte una tarde y tomar algo contigo. Sabe que no eres de ese mundo del famoseo y quizá sea lo que realmente valora en ti.
Se fragua una amistad. Tú como periodista terminas viendo a esa persona no como una estrella en su campo, sino como un amigo tuyo. Y con frecuencia su nombre saltará a la portada de la información. Y sus trabajos siempre aglutinarán críticas positivas y negativas… y tú como periodista ¿qué haces? Y como amigo, ¿qué haces?

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